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CUATRO AÑOS



Hoy, hace exactamente cuatro años durante una madrugada siniestra, la violencia irracional arrebató a nuestra familia la vida de mi hermano Juan Antonio.

Tanto tiempo y tan poco. No ha habido día que lo deje de pensar. Es el tiempo, precisamente, la única cura posible, y la más cruel, junto a la solidaridad y sobre todo el afecto de la familia y los verdaderos amigos, aquello que nos da la fuerza para soportar una tragedia de esta naturaleza.


Fotoperiodista Juan Antonio Serrano Salgado, asesinado el 2 de septiembre de 2012

Al igual que el acto de dar la vida, cuando uno tiene un hijo, la profundidad y dolor de la muerte es algo que sólo se comprende cuando lo vivimos.

No se puede explicar con palabras. A partir de esa desgarradora experiencia, cada vez que he conocido la historia de la pérdida de un ser querido de alguien en circunstancias parecidas surge de lo profundo una solidaridad natural hacia esa persona, una comprensión que no requiere palabras sino, quizás, una mirada o un gesto. Llevo en mi la sensación de que me hubiesen amputado un brazo o una pierna o el corazón. La vida ya no es la misma, pero aprendemos a convivir con ello y hasta volvemos a sonreír.

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No he dejado de preguntarme, inútilmente, por qué pasó lo que pasó y qué pude hacer yo para evitarlo. Pero siempre me estrello contra la misma pared del destino: ¿Pude haber hecho algo verdaderamente? ¿Llamarlo minutos antes para distraerlo de su destino fatal?.

Mi pobre padre, transido de dolor y despecho, acompañó a mi hermano apenas diez meses después de su partida. No hay peor tragedia para un padre o una madre que enterrar a uno de sus hijos. No es natural. Mi madre, dueña de una fortaleza espiritual que ha conquistado con mucho dolor, me ha dado las mayores lecciones de sabiduría, sin resentimiento y sin rencor.

Me pregunto, parte de qué rito absurdo fue producto la muerte de mi hermano, provocando tanto dolor no sólo a mi familia sino también a las familias de las personas implicadas. ¿Era necesario tanto sufrimiento?.


Creo encontrar en la forma cómo se construye la masculinidad en nuestra ciudad una pista para explicar algo que carece de explicación racional. Para ser hombre en Cuenca hay que pasar por el filtro del alcohol y eso ha provocado demasiadas tragedias sin sentido.

Cuando se empieza a superar el dolor, o cuando uno aprende a convivir con él, empiezan los homenajes en las pequeñas cosas. Se hace algo que él siempre quiso hacer. Se vuelve a los lugares comunes. Uno se ríe y siente que su hermano está sonriendo a su lado, invisible. Se mira al cielo y se dice “por vos hermano”, “para ti Papá”.


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